miércoles, 24 de agosto de 2016

Tomatocracia -1-

El amanecer en la montaña daba comienzo a las segundas Olimpiadas Interelementales. Por el equipo de los bichitos estaban la lagartija Juampi, especialista en carrera de obstáculos y zigzags, el caracol Roque con una resistencia implacable para las maratónicas carreras de larga distancia. En ese preciso momento estaba corriendo los... el metro y medio llano. No venía ganando. 

Por ultimo Mirinda, la colibrí entrenada en danza con cintas. Era una medalla de pasto fresco prensado asegurada. Las demás aves solo podían dibujar una línea con su cinta. Tal vez un circulo. Pero Mirinda. Oh Mirinda! Ella podía hacer toda suerte de dibujos porque, ¿Saben que? Podía volar hacia atrás. 

Pero suficiente de presentaciones. La historia real no tiene nada que ver con las olimpiadas. Ni con sus aventuras desde que pusieron pie (o cuerpo fofito en el caso de Roque) sobre aquel dragón de Komodo que los llevaría a sus casas. Tampoco los tres meses que estuvieron viviendo con una familia de halcones. Es impresionante lo mucho que puede parecerse una lagartija a un halconcito cuando lo necesita. Roque la tuvo fácil por eso de parecerse a un huevo. Mirinda mucho no entendió que pasaba. Pero los gusanos no le molestaban.

No. Nada de eso. Esta aventura comienza cuando formaron una banda de música. “Tomatocracia”. Su manager, un hombre que seguramente veamos en otros cuentos con varios nombres, no pudo convencerlos de que no tenía mucho alcance ese nombre. Pero no importó. Ellos eran una banda. Mirinda, guitarrista de rápidos punteos y maestra del “tapping”, Juampi, el cantante y Roque, el baterista. Tuvieron que decidirse por una variación aun mas lenta del metal gótico para que Roque llegara a pegarle a dos bombos, por lo menos. 

Llega el momento del primer show en vivo. Nervios. El publico comienza a aplaudir solicitando que la banda se presente en el escenario. Las luces se encienden. Todas. Por un segundo el resplandor lastima los ojos. Luego uno se acostumbra. Gigantescas lupas muestran a los mini músicos saludando.

- Mirimí miri MIRIMIIIIIII! – Claramente Juampi no sabia español. ¿Por qué habría de saberlo? Era solo una lagartija. 

El publico hizo silencio.

- MIRMIMIIII AHHHHHH MIRMIMI!!!!

Quienes escuchaban, metaleros de todas las edades, comprendieron el inconfundible e internacionalmente reconocido “AHHHHH” por lo que devolvieron el grito. 

Y así arrancó el show.

Un furioso solo de guitarras se elevó por encima de los gritos. ¿Era un tema nuevo? Nadie lo supo. Mirinda pensó que si alguien inventara algo como clases de guitarra para colibríes, seguramente, ella compraría unas. Primero necesitaría la definición de comprar.

Pero esa noche el que estaba en control de la situación era Roque. 

El caracol tenia un as bajo la manga.

¡Pum! Escucharon todos en la batería.

¡PUM!

Si hizo un silencio absoluto. No habían pasado cinco minutos. ¿Cómo que....?

¡PUM!

La gente empezaba a ponerse nerviosa. Se miraban unos a otros.

¡PUM!... ¡PUM!

Si se hubiese activado el dispositivo que tiene la CIA para leer nuestros pensamientos y se hubiera calibrado a un caracol baterista se hubiese recibido, desde un yo-yo algo como: - ¡Wiiii! Giragiragiragira - ¡PUM! – Giragiragira ¡Wiiii!. - 

Mirinda, dejo de prestarle atención a todo y continuo con su furioso solo de guitarra. “Esos gusanos de metal que no quieren dejarse comer. Indignante”.

- MIMI MIRIMIIIII MII AHHHHHH - gritaba Juampi como fuera de si. 

- AHHHHHH - coreaba el público.

- MIRIMIMIIIII AHHHHHH

- AHHHHHH

... y así.




Y así chicos es como vienen los nenes al mundo.